El 8M no se celebra, se conmemora porque la deuda sigue pendiente 

Por: Silvia Bedregal, Especialista de Educación

Cada 8 de marzo conviene hacer una pausa y recordar qué representa realmente esta fecha. El Día Internacional de la Mujer no nació para inspirar felicitaciones, flores o gestos simbólicos de cortesía. Su origen está en las luchas de mujeres trabajadoras que alzaron la voz frente a la explotación, la desigualdad y la violencia, exigiendo derechos laborales, reconocimiento y participación plena en la vida pública. Por eso, reducir esta fecha a una celebración vacía o a una oportunidad comercial desfigura su sentido histórico y político. 

Elaboración: Silvia Bedregal, Especialista de Educación.

El 8M es una conmemoración que nos invita a mirar de frente una realidad que aún no ha cambiado lo suficiente. Recordar esta fecha implica reconocer que la igualdad entre mujeres y hombres sigue siendo una meta inconclusa, y que millones de mujeres continúan enfrentando discriminación, exclusión y múltiples formas de violencia en su vida cotidiana. En ese contexto, felicitar por “ser mujer” resulta equivocado: no se trata de exaltar una condición, sino de asumir con conciencia que persiste una deuda histórica que todavía no ha sido saldada. 

Cuando el 8 de marzo se transforma en una fecha para regalar chocolates, enviar mensajes de “feliz día” o repetir frases bonitas, se corre el riesgo de neutralizar su carácter crítico. Lo que debería ser una jornada de memoria, reflexión y exigencia se vuelve una escena cómoda, superficial y socialmente aceptable. Ese desplazamiento no es menor: convierte una fecha de denuncia en una fórmula decorativa y, con ello, diluye la urgencia de hablar de injusticia, desigualdad estructural y violencia de género. 

Conmemorar, en cambio, exige memoria y compromiso. Significa reconocer que los derechos conquistados por las mujeres no surgieron por concesión, sino por organización, movilización y resistencia. También supone aceptar que los avances alcanzados, aunque importantes, no bastan mientras tantas mujeres sigan viviendo con miedo, con menos oportunidades, con sobrecarga de cuidados y con barreras para ejercer plenamente sus derechos. La igualdad real no puede medirse solo por discursos institucionales, sino por las condiciones concretas en las que viven las mujeres y las niñas. 

En 2026, esta reflexión adquiere una dimensión aún más urgente desde la línea temática impulsada por Educo: la sororidad en contextos humanitarios, donde las mujeres y las niñas se llevan la peor parte. En escenarios de emergencia, crisis climática, desplazamiento, pobreza extrema o desastre, las desigualdades de género no se suspenden; al contrario, se profundizan. Son las mujeres y las niñas quienes suelen enfrentar mayores riesgos de violencia, exclusión, interrupción educativa, inseguridad y sobrecarga doméstica, además de un acceso más limitado a protección y recursos esenciales. 

Por eso, hablar de sororidad en estos contextos no puede quedarse en una consigna inspiradora. Debe entenderse como una respuesta ética y colectiva frente a una realidad profundamente desigual. Sororidad significa acompañar, proteger, escuchar, hacer visibles esas afectaciones y promover acciones concretas que coloquen en el centro a quienes suelen quedar más expuestas y menos atendidas durante una crisis. Significa, también, reconocer que ninguna emergencia es neutral cuando sus consecuencias recaen con mayor dureza sobre los mismos cuerpos y las mismas vidas de siempre. 

Desde esa mirada, el 8M no solo remite al pasado; también interpela el presente. Nos obliga a preguntarnos qué tan lejos estamos todavía de garantizar una vida libre de violencia y qué tan comprometidas están nuestras sociedades con responder de manera justa a las desigualdades que persisten. Mientras continúen los abusos, la discriminación, la exclusión y las agresiones contra las mujeres, esta fecha seguirá siendo un espacio legítimo de denuncia, memoria y resistencia. 

Por eso, el mensaje debe ser firme: el Día Internacional de la Mujer no es una celebración. Es una conmemoración que exige conciencia, responsabilidad y postura. No es un día para felicitar, sino para escuchar; no es un día para adornar la realidad, sino para nombrarla con honestidad; no es un día para suavizar la lucha, sino para reafirmarla. Y en 2026, desde la perspectiva de Educo, también es una oportunidad para recordar que la sororidad se vuelve indispensable allí donde la crisis golpea con más fuerza y donde, una vez más, las mujeres y las niñas cargan con las consecuencias más injustas.